La noche en que integramos la realeza Un Bacardi limón y un Laguna Azul reloaded, una salida programadísima y un poco de buena suerte, son los ingredientes esenciales para hacer de una noche de viernes algo especial. Un billete rojo con la efigie de nuestra Nobel poetisa es el password a un submundo inundado por ritmos caribeños, el salero de la danza flamenca, la onda new wave y uno que otro temita pachanguero en español y cómo no decirlo, una horda de machos dispuestos a recurrir a viejas argucias de conquista con tal de conseguir lo que desean de nosotras.
El salón donde nos instalamos lo adornan una que otra pareja post 30, de revalida con su vida antes del martirimonio y los grandes bandos de solteras que pululan este Peñasco Alegre, convirtiéndose en nuestra competencia directa. Empiezan los sones del grupo cubano y salen disparados los dúos a menearse como si fueran expertos, al compás de una salsa, imaginando que se hallan en el mítico Tropicana. Para el caso da lo mismo, la calidad del baile no lo da el conocimiento, sino la convicción con que el cuerpo lo interpreta. Si no creen, pregúntenme a mí.
Nosotras sólo miramos, a ratos nos reímos y casi nos dan ganas de huir cuando vemos que un hijo de la isla del bigotudo Fidel empieza a buscar compañeras de baile a nuestro alrededor, en una de esas opta por nosotras. Para nuestro bien, no ocurre así. Yo no soy muy dada a las salsas, sones y merengues, pero me han dicho que la sensualidad requerida la tengo, aún así respeto mucho a quienes los saben bailar, y sinceramente digo que para pararse ante un original de Cuba se debe al menos tener nociones básicas, más que sólo un poco de convicción.
No pedimos nada aún. De tanto observar el centro de la pista advertimos a un cuarentón y una rubia natural (al menos lo parece, o le quedo bien la teñida) emular un dirty dancing, creyéndose quizás solos, pues de seguir así deberían irse a bailar a la habitación colorada de un motel cercano. No es que seamos beatas, pero no es justo con quienes hace ratito no sabemos de una mano invasora y un besito medio a la fuerza.
EL mozo que nos atiende está bien regio, según mi amiga. Es competencia directa de los hombres habituales del Peñasco, porque fijo que el muchacho de delantal negro acapara las miraditas cargadas de ganas de más de alguna clienta del local. Medio indecisa, pido un Bacardi limón, porque veo en la bebida que acompaña este ron, un medio de salvación en caso de que el ron haga estragos con mi estómago. Carla evocando salidas pasadas, pide un Laguna Azul.
Con los vasos a medio llenar partimos hacia el subterráneo, es allí donde se ubica el sector discotheque. De primeras, nos animamos a bailar solas, y en minutos, se nos acerca un casi cuarentón a pedirme que si quiero bailar con él y su amigo con mi amiga. Como no es de mi gusto le respondo que no. Mala cosa, ya que yo siempre he dicho que la cuestión es para bailar y no para casarse. En fin, ya vendrán otros.
Y aparecieron. Eran dos esperpentos más fomes que la televisión en Semana Santa (¡Qué hereje me he puesto!) El que bailó conmigo no me preguntó nada, solo atinaba a mirarme con cara de idiota y yo hastiada hasta las masas, quería dejar de bailar. Y recurrimos al típico truco de la ida al baño, sobrevalorado por los hombres y tan necesario para nosotros las féminas. Y nos deshicimos de ellos.
Al volver del toilette, la Carla conoció a quien sería el hombre más recordado cada vez que nos aparecemos por el Peñasco Alegre. Francessco Lanzarini. Él con su copete en la mano, su cara de santiaguino en busca de relajo, su pinta entre casado aburrido o recién separado, nos hizo pasar un buen momento. Aún me recuerdo cuando Carla lo llamó picante por llamarse Francessco con dos eses. ¡Esta amiga mía! A veces sus palabras parecen verdaderos puñales. ¡Pobre Fancessco! Puso cara de puchero.
Pero como no todo podía ser tan malo, pese a su nombre y a todo lo que tenía en contra, Francescco logró bailar con Carla. Si hasta el reggaeton que ella quería bailar, Francessco intentó que sonara, pero en el local por una cuestión de imagen, no tocan ese ritmo. O sea, si quieres perrear, no vayas para allá. Quizás no lo tocan porque lo hallan muy picante.
Yo, en cambio, me hice de un todoslosritmos con un isleño de Juan Fernández, (de haberse sabido antes lo del tesoro, ni tonta lo dejo partir). El muchacho m ofreció ir a dejarme a la casa, pero lo esquive recurriendo a mi novio invisible, a quien le debo tantas y tantas salvadas y resultó. Por eso lo quiero tanto y no terminó con él.
Olvidaba mencionar el acoso visual de quien bautizamos como el Bombero, por andar con una radio similar a los chicos de fuego en su espalda y recorrer la pista siempre instalándose detrás de nosotras. Este tipo nos hizo la misma en otra oportunidad, es un verdadero pelmazo.
Y así se terminó una agitada noche de viernes. Al salir del local estaba lloviznando. La salida fue memorable, pues comprobamos que podemos tener a los minos que queramos, sólo es cosa de ponerse un poco malas, ser más atrevidas y seguir conservando la buena suerte que tenemos o que creemos tener.