Cuando el Cielo fue un Infierno
Viernes por la noche. Como en tantas ocasiones se preparaba la Friday Night. Tradicionalmente me trasladé premunida de todo mi ropero onda party al departamento de mi partner de los carretes, Carla, e iniciamos la rutina de siempre.
No sabíamos a ciencia cierta donde ir. La idea era asistir a un lugar no muy caro, atendiendo a que yo por culpa de estos infames, cada día estoy más miserable. Nos tincaba ir al re estrenado Cielo Varúa, que al parecer cambio de administradores, para ver que tal la nueva cara del local. Fuimos a las afueras del mentado lugar y la entrada para las mujeres estaba en la no despreciable suma de 6 mil pesos. Por esa plata yo no iba a entrar y Carla tampoco, es así que decidimos irnos a otro lado a tomar algo y de ahí ver que hacer. A eso íbamos cuando el promotor del local, un tipo bastante estupendo, nos dijo que ingresáramos y nos hacía una rebaja. Ahí la oferta mejoraba y nos sentimos bien porque de todas formas, el anfitrión nos quería dentro y eso significa que estamos dentro del perfil del público del Cielo Varúa.
El local en el segundo piso conserva la misma escenografía, salvo por los bajitos e incómodos sillones de cuero auspiciados por una conocida marca de pisco y porque el escenario lo trasladaron al centro del local. Cantando estaba el rubio, flaquito, de las trenzas, que pasea sus habilidades vocales por todos los pubs y discotheques entre Viña y Valparaíso y que hace de los temas románticos su mejor arma, aunque en realidad él canta lo que le pidan.
Una vez que nos habíamos bebido a la mitad los ron Cacique con Coca Cola, subimos al segundo piso a ver que tal la pista de baile y la música. A esa hora, pasada la una de la madrugada, la pista estaba vacía, por no decir que penaban las ánimas. Sólo unas adolescentes ABC1 que andaban en patota y una que otra pareja de pololos, dos tipos solitarios, más los barman, era todo lo que había. Por un rato nos dedicamos a mirar, opinando “en mala” acerca de cómo había quedado el lugar, lo apestosa que estaba la música, la concurrencia masculina, etc.
Bajamos, para volver a subir y decidimos entonces bailar. LA concurrencia había sumado modestamente más personas, pero aun eran pocas, comparando al Cielo de antes. Por unos momentos, la música estuvo como nos gusta a nosotras, en español y bien movida, aunque de repente se colaban los sonidos electrónicos del VIP, pues olvidaba decir que el nuevo Cielo tiene un lugar donde sólo entran los privilegiados, la beauty people.
Yo estaba apestada y eso se notaba porque me movía erráticamente, sin ganas. Hasta que decidimos huir de ese aburrido lugar, justo en el momento en que hacían su ingreso las oxigenadas y anti naturales rubias de un team pisquero.
¡¡Qué decadente!! Escuchar a un animador chillón que hace pruebas archi repetidas y donde toda la masa se transforma por lograr una polera de mala calidad que a lo más sirve para dormir o un llavero.
Huir era la consigna y nos deshicimos del ambiente Cielo que pintaba para Infierno. Con nosotras salió más gente, que seguros sentían ídem al lugarcito.
Propuse ir a visitar los bares de Cumming. El Mi Casa donde habíamos estado el miércoles estaba de bote a bote. La Bitácora vacía con ambiente fome y el Dominó a medio llenar. Como a Carla no la convenció ninguno de esos, ofrecí como última opción ir al Keops. El oscuro lugar que emula a una pirámide estaba con su público de siempre y para mi sorpresa, ahora cuenta con dos pistas de baile. Yo no quería más guerra y sólo me conforme con pedir una cerveza helada y pasar mi desazón.
No pasamos más de diez minutos solas cuando se apareció un crespo, de lentes, con cara de dondo mejorado y se puso a hablar con Carlita. El tipo nos preguntó si aceptábamos a él y a su amigo en nuestra mesa para conversar un rato. Nos miramos con cara de “¡¡bueno ya!!” y les advertimos, eso sí, que nos íbamos pronto.
Se llamaban Jaime y Cristián, ignoro que hacían, pero me parecieron simpáticos. Fue nuestra obra de caridad de la noche , le dije soberbia a Carla.
Se nos acabó la chela. Los muchachos invitaron otra, pero ya era mucho, aparte, la conversación estaba poniéndose fome. Me dolían la vida mis pies y eso que bailé la nada. Morfeo se paseaba hace rato por el lugar invitándome a ir con él y por eso nos fuimos.
Ya en casa, lamentábamos el gastadero de plata, el carrete fome. Pero no todo puede salir como anillo al dedo, todo sucedió para equiparar un poco lo bien que lo pasé el fin de semana anterior cuando me demostré que aún estoy viva y que cuerda, tengo para rato.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home